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El Juzgado de lo Social deberá determinar si un
empleado de la Planta de Tratamiento de Residuos de Zamora ha
sufrido "mobbing" durante los seis años de su contrato laboral por
parte de los responsables de la empresa Urbaser, adjudicataria del
servicio provincial. El empleado zamorano denuncia una situación de
«total aislamiento, hostigamiento, denigración y vejación que
desembocó en un menoscabo de mi estado de salud», que se manifestó
en una «fuerte depresión» de la que aún no se ha recuperado,
precisa. De hecho, continúa yendo a consultas con psiquiatra y
psicólogo cada mes.
El demandante, cuyo nombre
se corresponde con las iniciales M.G.R, afirma que fue
«paulatinamente objeto de persecución por parte del gerente de la
planta, J.A.A, y de un responsable de relaciones laborales de
Madrid, J.D.A., situación conocida y consentida por la empresa», con
quien habló en diversas ocasiones por teléfono para describir lo que
estaba ocurriendo. Incluso lo hizo por escrito, al igual que ante el
director general, J.N.H., pero sólo obtuvo promesas que no se
cumplieron.
Su contrato en Zamora era temporal, hasta que, como le comunicaron
verbalmente, se le pudiera hacer un hueco en Madrid, dada la
formación académica que tiene (es ingeniero y se diplomó en
Empresariales). Su categoría era de oficial responsable de
mantenimiento y maquinaria, pero se transformó, por decisión
arbitraria del gerente de la planta, según puntualiza el zamorano,
en tareas de peón, consistentes en «recoger y seleccionar basura
dentro y fuera del recinto». El trabajo distaba mucho del que se le
había encomendado por la dirección, que incluía la elaboración de
planes de mantenimiento para la maquinaria, así como sugerencias
relacionadas con el funcionamiento y organización de la planta. El
denunciante cree que en el desempeño de esas funciones estuvo la
clave del acoso laboral que afirma haber padecido. «Yo estaba
pendiente de irme a trabajar a Madrid y nunca pretendí dirigir la
planta», asegura. Sin embargo, manifiesta que el gerente no
interpretó su conducta como una colaboración, ya que «pronto pude
apreciar que le incomodaba mi presencia en la empresa y cualquier
idea que sugería era automáticamente descartada, previo comentario
jocoso delante de otros trabajadores para ponerme en ridículo».
El demandante contactó entonces con los directivos de Urbaser en
Madrid, en concreto con el responsable de relaciones laborales y
recibió la indicación de proseguir con su labor de oficial de
mantenimiento y con sus sugerencias sobre la organización de la
planta de residuos. Para entonces llevaba un mes trabajando en esta
empresa y asegura que «sufrí las consecuencias de mi conversación
con Madrid». Es en ese momento cuando el gerente le deriva a
trabajos de limpieza y triaje con el resto del personal, si lo
rechazaba «eran lentejas: si quieres las comes y si no?». Sus
sucesivas llamadas a Madrid no dieron sus frutos.
La situación fue a peor cuando el esfuerzo físico del trabajado que
realizaba como peón acabó por originarle tres protesiones discales.
Estuvo de baja y la empresa «trató de que solicitara la incapacidad
para jubilarme». No fue posible porque cuando solicitó a la empresa,
por exigencias del INSS, un certificado en el que especificara las
tareas que efectuaba, ésta detalló la labor que desempeñaba como
peón, lo que entraba en contradicción con el contrato de oficial que
la propia empresa reconoció mantener con el trabajador zamorano. El
INSS, como no podía ser de otro modo, denegó la incapacidad.
Es entonces cuando los responsables de Urbaser en la planta zamorana
deciden cambiarle de puesto de trabajo. Esta vez a una categoría,
vigilante, que «ni siquiera se contempla en el convenio; ni el de
basculista, porque no hay báscula para pesar camiones». Sus quejas
no fueron tenidas en cuenta y tampoco tuvieron consecuencias las
llamadas a los responsables de Madrid ni al director general.
A partir de entonces, el zamorano pasaba su jornada laboral
«encerrado» en una garita, en horario de seis de la tarde a doce de
la noche todos los días de la semana, incluidos sábados y festivos
de cuatro de la tarde a doce de la noche. Los lunes era su día de
descanso. En estos horarios «estaba totalmente solo, no había nadie
en la planta» y las condiciones de trabajo «eran infrahumanas», se
queja, «mi cometido era estar allí sin hacer nada».
Desde marzo de 2003 hasta enero de 2007 ocupó este puesto de trabajo
(incluidos todos los festivos, Navidad, Año Nuevo?), sin que su
contrato se modificara, ya que, como se ha dicho, en el convenio
laboral de la empresa no existe el puesto de vigilante. En 2004 la
empresa rescindió su contrato, pero volvió a readmitirle, ahora sí,
con categoría de peón, aunque continuó en la garita, «totalmente al
margen de la empresa, sin recibir ninguna instrucción y sin que
nadie controlase mi situación».
Las circunstancias laborales comenzaron a influir en su estado
anímico y dio lugar a una depresión que requirió tratamiento
farmacológico. En julio de 2006 sufrió una «fuerte crisis de
ansiedad cuando me encontraba encerrado en la garita». Finalmente,
en enero de 2007 fue objeto de un despido improcedente al estar
todavía de baja laboral. Aquella experiencia le ha causado
«claustrofobia, además no puedo ir solo ni conducir solo. Tengo
miedo a todo».
Su esposa relata cómo ha influido la situación de su marido en la
vida familiar, «no hay alegría; cuando trabajaba siempre estaba de
mal humor, no se le
podía preguntar nada, no tenía ganas de hablar. A la familia la
machacan». Las secuelas que le han quedado son «apatía, tristeza,
congoja, angustia, ansiedad, insomnio, impotencia, pesimismo,
abatimiento, auto desprecio, inquietud, amargura?», lo que supone no
sólo una incapacidad para trabajar, declara el afectado, sino
también para llevar una vida social y familiar normal.
La Opinión de Zamora - Zamora,Castilla y León,Spain
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