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En apenas siete
años el mobbing se ha convertido en una poderosa arma de combate en
nuestros Juzgados de lo Social. Algunos jueces ya manifiestan su
hartazgo ante el abuso del mobbing en el proceso laboral.
El pasado mes de julio se dijo que durante el primer semestre de
2007 la Inspección de Trabajo recibió un 25 por ciento más de
denuncias por mobbing que las presentadas durante el mismo periodo
del año 2006.
Cabe suponer que el mismo incremento habrán
experimentado las demandas judiciales por acoso pero nadie se ha
tomado la molestia de comprobar cuántas de esas denuncias o demandas
finalizan su singladura procesal con una sanción o condena basada en
la existencia de un verdadero acoso moral en el trabajo.
Se crea así una apariencia que no se ajusta a lo que se ve y se
escucha cada día en los pleitos laborales.
Aunque el mobbing o
acoso
moral no es un fenómeno nuevo en las empresas, el concepto entró en
aluvión en nuestras relaciones laborales con la publicación del
libro de M.F. Hirigoyen en el año 2000. Fue entonces cuando todos
conocieron su nombre, sus requisitos y características e hizo su
aparición estelar en una serie de sentencias que fueron objeto de
comentarios y aplauso.
La fuerza del fenómeno se antojaba tan arrolladora que ya en el mes
de julio de 2001 el Parlamento Europeo advirtió que las falsas
acusaciones de acoso moral podían transformarse a su vez en un
temible instrumento de acoso moral, lo que se confirmó rápidamente.
Y es que en apenas siete años el mobbing se ha convertido en una
poderosa arma de combate en nuestros Juzgados de lo Social.
Cualquier laboralista que defienda empresas explicará casos en los
que su cliente ha recibido imputaciones de acoso instrumentales,
artificiales, forzadas, y, por qué no decirlo, falsas.
Algunos
jueces ya manifiestan su hartazgo ante el abuso del mobbing en el
proceso laboral y no les falta razón.
El que suscribe ha visto casos sonrojantes como una demanda en las
que se transcribían literalmente párrafos enteros de un libro
dedicado al mobbing poniendo en primera persona lo que la obra
definía con carácter general; u otra en la que se copiaba entera una
sentencia dictada en otro proceso para apropiarse de los hechos allí
descritos; o muchas más en las que cualquier discrepancia laboral se
adjetiva como "hostigamiento psicológico" o "terror laboral", o
aquellas en las que años después de finalizar la relación laboral se
"recuerdan" hechos que se pretenden calificar de mobbing con un fin
económico.
Y eso sin olvidar a algunos profesionales médicos que se plantan
ante los micrófonos de la sala de vistas para afirmar la existencia
de un acoso moral basándose únicamente en la versión del
demandante. Y eso no significa que no existan casos de auténtico
acoso y que los mismos deban atacarse por todas las vías que nos
ofrece el ordenamiento jurídico.
Pero debemos reconocer que actualmente el mobbing se cuela
frecuentemente en los pleitos laborales como un mecanismo de presión
y un alegato gratuito e intimidatorio para pedir indemnizaciones o
mayores prestaciones públicas.
Es
responsabilidad de los laboralistas evitarlo.
Expansión & Empleo - Madrid, Spain
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